El título ya declara su propia derrota: inventariar es un gesto de control, un intento de nombrar y ordenar lo que se posee, y sin embargo el poemario de Rafael María Benavente insiste en que ese ejercicio es, de entrada, inútil. Esa tensión —entre la pulsión de catalogar la pérdida y la certeza de que ningún catálogo la contiene— es el motor de las cuatro partes del libro. «Inútil inventario de mi vida» abre con una dedicatoria a su hija y un epígrafe de Cohen sobre la grieta por donde entra la luz, y desde ahí el yo poético empieza a levantar actas de ausencias: una máscara que nadie puede quitarle, manos que ya no reconocen, un aliento que «raptaba» alrededor de un cuello que ya no está. Es una poesía confesional, de dicción directa, que prefiere la enumeración y la anáfora («qué es de esto sin nosotros, / sin la tierra firme…») a la imagen hermética, y que encuentra su registro más logrado cuando la ternura y el desamparo conviven en la misma estrofa, como en el poema dedicado a la hija, donde la ineptitud del padre se convierte, paradójicamente, en la materia misma del poema que ella leerá algún día.
Las dos secciones centrales, «Invierno en un espacio vacío» y «Metamorsinopsis», desplazan el inventario del duelo filial al desamor romántico, y ahí el libro se mueve con menos uniformidad. Hay aciertos notables —el poema «English Leather», con su anclaje sensorial concreto (un perfume, un objeto), escapa de la abstracción que a veces satura al conjunto— pero también un vocabulario que se repite de poema en poema (soledad, silencio, ausencia, ceniza, humo) hasta el punto de que varios textos podrían intercambiar sus títulos sin que el lector lo notara. El epígrafe de Sabines («no te falta ni un pétalo, ni una sombra») funciona casi como advertencia autoconsciente: esta es una poesía que aspira a la completitud del inventario precisamente porque sospecha, y a veces confirma, que no puede lograrla. Cuando el poema se apoya en una anécdota o un objeto —una fotografía, un retrato, una carta— gana cuerpo; cuando se queda en la declaración emocional pura, tiende a diluirse.
«La casa vacía», el cierre, es la parte más arriesgada formalmente: introduce el poema en dos movimientos («2 / A Elena Pereyra», con sus partes I y II) y dos textos en prosa poética («Junio», «Último inventario de verano») que rompen el verso libre dominante y, con él, cierta previsibilidad rítmica que se había instalado en el libro. Es también donde el proyecto —convertir la propia biografía sentimental en un inventario que se sabe fallido— se articula con mayor lucidez, porque la prosa permite una acumulación de detalle (Borges, Benedetti, un abanico, un gato en la hojarasca) que la brevedad del verso anterior no siempre toleraba. El resultado final es un libro desigual pero honesto en su desigualdad: no pretende resolver la pérdida, solo dejar constancia minuciosa de que el inventario, por definición, siempre llega incompleto.


